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sobre calidad, gustos, artistas, diseñadores y clientes.

15 septiembre 2009

mierda_pura

Últimamente me enfrento demasiado a menudo con el desagradable hecho de que, a mayor sofisticación, pulcritud y efectividad de las piezas que realizo, menos éxito cosechan estas en los clientes. Los proyectos más trabajados y redondos, más concienzudamente planificados y ejecutados con mayor despliegue de medios (que no por ello más complicados), son sistemáticamente rechazados por la junta directiva de turno, en resumen, el aumento de la calidad y esfuerzo redunda en desaprobación e incomprensión. Se produce un desfase cada vez mayor entre lo que el cliente considera “un buen diseño” y la apuesta del profesional.

El tema es harto viejo, y recae parcialmente en el debate de si el diseñador es un artista o no. Yo defiendo a muerte la creatividad de esta profesión, pero si me preguntan a mí, creo que el diseñador NO es ni DEBE ser un artista. No se trata de excluir a los artistas de la profesión, que bienvenidos sean (aportan muchísimo), sino de poner el diseño en el sitio que le corresponde. Parece mentira que justo cuando se cumplen 90 años de la fundación de la Bauhaus, este debate siga en marcha y los clientes anden tan perdidos como entonces. La concepción moderna del artista (que no siempre fue así) sitúa su actividad en el terreno de la expresión personal, libre de ataduras, un ejercicio de individualismo absoluto, mientras que el diseño es un cojunto de técnicas destinadas a elaborar un producto que debe cumplir una función. Los recursos para elaborar esa pieza y las vías que el diseñador tiene para resolver ese problema son infinitas, pero que no exista un manual de instrucciones para cada tarea no significa que el diseñador haga arte. Y el que quiera verlo así no sabe el daño que se hace.

Es cierto que los buenos profesionales tienen su toque, hasta su estilo (cuya deseabilidad en un diseñador es también cuestionable), sus manías y sus tics al fin y al cabo, pero el diseño es un proceso de diálogo con el cliente, no un proceso de creación unilateral. El diseñador no se inventa un logotipo y después busca la empresa que lo pueda necesitar, la demanda parte del cliente. Hasta ahí, el individualismo en el acto creador del diseñador queda en su sitio: el diseño no es espontáneo, debe haber encargo, y hasta cierto punto es participativo.

Por otro lado, el cliente puede ejercer demasiada autoridad sobre el proceso del diseño, y aunque en la mayoría de los casos mis clientes saben estar en su sitio, el hecho de que los recursos empleados en una pieza (recursos concretos, como colores y formas)  se rijan más por las pautas de una junta directiva que por el criterio del diseñador es un atraso para todos. El cliente se pierde el principal valor añadido del profesional: el diseñador ha visto mucho más diseño que el cliente, ha pensado mucho más en diseño, ha estudiado el diseño, sabe explicarse el porqué de las tendencias y puede tener una visión global de la evolución de estas. El cliente debe expresar sus necesidades en conceptos abstractos, no en recursos gráficos concretos.

No se trata aún de respetar la individualidad creativa, pues hemos descartado la implicación del hecho artístico en el diseño, sino de respetar la profesionalidad. Lo que pasa es que a menudo nadie ha enseñado al cliente a extraer los conceptos abstractos de sus necesidades concretas.

Gran culpa de todo esto la tenemos los diseñadores, que nos plegamos a los caprichos de clientes que empiezan aportando sus ideas y terminan eligiendo posición de fotos y textos cual titiritero, creando auténticos frankensteins gráficos que no convencen al diseñador y que, aunque satisfagan los gustos del cliente, no le hacen bien alguno. Pero también los empresarios tienen un gran vacío en sus conocimientos de comunicación gráfica, que no llenan preguntando a su diseñador ni los solventan símplemente poniéndose en sus manos. El diseño sigue pareciendo un proceso basado en la inspiración y por eso el cliente cree que tiene libertad para decidir aspectos que sólo debe decidir el diseñador.

Así, me pregunto si ese tipo de clientes le dice a su cirujano mientras le está operando por dónde cortar, al arquitecto cómo hacer una estructura y en el restaurante le piden al chef que modifique su receta de lubina al horno pues, según su opinión,  “quedaría mejor con cilantro en vez de romero”. Pero mientras en otras profesiones han resuelto su credibilidad (y hasta podemos decir incuestionabilidad) con abundante información sobre su actividad, con los colégios profesionales que avalan su trabajo, o al menos con una simpática pedantería, los diseñadores seguimos siendo un grupo de procedencia heterogénea cuya formación, conocimientos y experiencia varían, y peor aún, nos quedamos lo que sabemos para nosotros mismos. Se une a todo esto la suspicacia generalizada de muchos diseñadores para con sus compañeros de profesión, sobre todo si son freelancers: en vez de hacer piña como otros grupos profesionales, nos mantenemos a distancia y reticentes a compartir ideas, en una ridícula pero un tanto graciosa paranoia generalizada, una actitud competitiva y silenciosa, disgregada, que nos quita fuerza ante los problemas que nos afectan a todos. Y las asociaciones de diseñadores existentes parecen más dispuestas a comportarse como empresas que como grupos democráticos, con una actividad poco orgánica, algo elitista y con regusto prepotente.

A ningún diseñador le cuesta reconocer una pieza de diseño hecha para un cliente y hecha para diseñadores. ¿La diferencia? Tristemente, la calidad. Lo que un diseñador hace para los clientes suele tener un componente de mediocridad necesario para que el trabajo llegue a buen fin. Lo que uno hace por experimentación, autopromoción y para animar a la comunidad afin suele ser mucho más brutal, bello, laborioso, matizado y espontáneo. Casi como arte, pero que sigue al servicio de la comunicación.
¿Cuánto tiempo entonces debemos dedicar a la educación del cliente hasta que podemos hacer los trabajos que le convienen, no que símplemente le gusten? ¿cuánto del presupuesto podemos gastarnos en esas horas de formación? Para esto aún no tengo respuesta. Lo que sí sé es que si respetamos y apreciamos a nuestro cliente, debemos saber decirle NO a según qué peticiones. Pararle los pies antes de que esté pagando un diseñador sin querer usar su criterio.

Es una tarea pendiente de los diseñadores saber poner los límites de actuación del cliente sin herir sus sentimientos, y también tarea de los clientes dejar de confundir autoridad con conocimiento. Si la relación diseñador-cliente no es de confianza, quizá fuera mejor para el cliente cambiar de diseñador. También es muy saludable para los diseñadores dejar clientes cuyos proyectos no le interesan o no le permiten desarrollar adecuadamente su labor. Hacer trabajos que te avergüenza firmar no sólo es poco ético, sino triste. Y creer que merece la pena hacer trabajos sucios sólo por “ganarse el pan” en realidad es ignorar el hecho de que, cuanto antes se dedique uno a los trabajos que le interesen, antes dejará de sentirse operario y empezará a ser dueño de su trabajo. Hacer cualquier cosa por dinero te quita tiempo y energías para apuntar a donde realmente quieres.

Eso pienso, entre otras cosas.

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One Comment leave one →
  1. 16 septiembre 2009 7:43

    Y eso, por no hablar de los concursos públicos donde te piden trabajos completamente terminandos (en lugar de propuestas para desarrollar) que sólo cobras en el caso de que ganes.
    Comparto todo lo que dices. Pero también quiero sacar algo positivo: a pesar de todo eso tenemos una profesión gratificante, que permite estar constantemente aprendiendo y creciendo.
    En cualquier caso, tenemos pendiente una cerveza para debatir de estas cosas en persona, eh?

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